miércoles, 5 de diciembre de 2012

Fermín


Saludos blogueros, paso de rápido para actualizar un poco el blog. Aún tengo varias historias pendientes que en cuanto salga de vacaciones me pondré al corriente con ellas. Por mientras les dejo este relato que apenas escribí el día de ayer, esperando que disfruten leyéndolo, como siempre estoy atenta a sus comentarios. 


FERMÍN

La mayor parte del tiempo se le veía solo. Caminaba sin rumbo fijo por las calles de la ciudad. Su cabello enmarañado le llegaba al hombro y su barba blanca lucía ya grisácea a causa de la mugre. Vestía un traje café, tan gastado, que mostraba hoyos en todas partes. Pero sus botines negros los llevaba invariablemente brillantes. Cargaba siempre con una botella de whisky, aunque por extraño que parezca, nunca se le vio borracho.
En sí, era un mendigo. Un hombre como muchos de los que se llegan a ver en las grandes o pequeñas ciudades. Los encuentras en todos lados: en las iglesias, en las banquetas, fuera de los restaurantes, y alguna vez hasta apostados a la puerta de mi casa, ocasión en la que mi madre sacó la escoba y a voz en grito corrió a aquél intruso de la entrada.
Mi padre los calificaba como gente sin oficio ni beneficio, pero yo siempre creí que todos ellos tenían una historia que contar, aquella que los había llevado a pasar sus días de ese modo, lejos de todo y de todos, lejos de hasta la vida misma.
Así era Fermín, bueno, en realidad no se llamaba así, pero para un niño de diez años Fermín era tan adecuado como cualquier otro nombre. Lo veía habitualmente en el mismo lugar: en el parque que se ubicaba enfrente de la oficina de papá. Se sentaba en una banca cerca de la fuente, con la vista perdida en un punto lejano, a la misma hora, sin importar si llovía o si el sol abrasaba.
Se decían muchas cosas de él, y cada vez que alguien lo mencionaba yo prestaba total atención, más aún que en mis clases de francés, y eso que la maestra me gustaba. Para mí, Fermín era un personaje grandioso y a los empleados de mi padre no les pasó desapercibida mi creciente fascinación. Fueron ellos los que me contaron parte de lo que había sido su vida, el resto, lo importante, lo supe directamente de él.
«Fermín no siempre fue mendigo», fue la primera verdad que llegó a mis oídos y me pareció increíble. Un hombre de mundo, de buena familia y con dinero. Para ser sincero no podía imaginarlo así, sentado en un auto de lujo mientras dirigía sus negocios o qué se yo. Ni siquiera me lo podía imaginar limpio, sin barba o con el cabello corto.
Después de saber eso, difícilmente podía despegar los ojos del parque. Seguía a Fermín con la mirada y a mi padre le molestaba. Decía que me gustaba perder el tiempo, pero fue él quien puso la idea en mi cabeza.
«¿Qué planeas? ¿Hacerte amigo de un mendigo?», fue lo que dijo y el solo hecho de pensarlo revolucionó mis días. No sé si fui su amigo, a veces quiero creer que sí, o quizás sólo lo hartó la mirada insistente de un niño y respondió a mis preguntas para que simplemente lo dejara en paz.
Comencé a bajar al parque todas las tardes, cuando papá estaba en junta. Fingía estar entretenido con la fuente, con los pájaros que se veían en los árboles, con los demás niños que se divertían en los columpios o jugando a la pelota, pero indiscutiblemente estaba al pendiente de Fermín. Recuerdo que después de un tiempo comenzó a hablarme, en realidad no mucho, pues parecía gustarle el silencio, aunque lo poco que decía siempre me pareció importante.
Era un hombre sumamente inteligente, casi como mi padre, lo sabía por las palabras que utilizaba cuando hablaba, dado que algunas no las entendía. A veces, me contaba de lugares que ni siquiera había escuchado nombrar. Describía absolutamente todo, hasta la comida, y lo hacía despacio, concienzudamente, utilizando un tono de voz que sólo después pude identificar como añoranza.
No pasó mucho tiempo en que mi padre se diera cuenta de que bajaba al parque a hablar con Fermín, y me prohibió rotundamente el seguir haciéndolo. Fue la primera vez que me sentí verdaderamente triste. No obstante la prohibición, decidí despedirme de él y hacerle una última pregunta: «¿Qué lo había llevado a vivir así?». La mente de un niño consideraba inconcebible que un hombre con dinero y cultura fuera un simple mendigo.
Aquella tarde en que lo vi por última vez, llovía a cantaros. Corrí por el parque envuelto en un impermeable amarillo hasta llegar a donde estaba, y aún hoy, la frase que pronunció sigue resonando en mi memoria. Fue una respuesta profunda, propia de un hombre que ha dejado ir toda esperanza, aunque no apta para que un niño la entendiera.
Lo que en esa tarde trató de explicarme cobró sentido mucho tiempo después, cuando pude entender las vicisitudes de la vida. Ahora, que soy un adulto, sobra decir que las palabras de Fermín siguen haciendo eco en mis días. Me habló de la única cosa que puede llevar a un hombre a lo más alto del cielo y al mismo tiempo sumergirlo en un pozo sin fondo, arrojándolo a las profundidades del más obscuro abismo. Lo que me dijo fue: «Fui dueño del amor y lo perdí».

2 comentarios:

  1. ¡Hola! ¡Genial relato! Es cierto que esa frase muy pocos aunque adultos,pueden comprenderla :( Melancolico y genial relato

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  2. Hola María,que bien que hayas disfrutado del relato :D ¡Saludos!

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Gracias por pasar y comentar, espero y hayas encontrado algo de tu agrado.