lunes, 16 de julio de 2012

Amor platónico





Saludos blogueros, el día de hoy quiero compartir con ustedes un relato con el cual he participado en un concurso, bueno, no gané, pero es el primero con el que lo intento, así que para mí tiene algo de especial. Lo dejo para que lo lean, ya me dirán sus opiniones que como siempre estoy atenta a sus comentarios.




AMOR PLATÓNICO




Un escalofrío recorrió su espalda y se giró sorprendida. Aún no podía verlo, pero sabía que estaba cerca. Sus ojos lo buscaron entre la gente que se aglomeraba en la plaza. Los rayos del sol se filtraban entre las hojas de los árboles y el aire tibio de la tarde acarició su cara. Soltó un suspiro y miró al cielo. La claridad que éste desprendía le pareció maravillosa. Cualquiera que la viera bien podría notar la característica mirada de una chica enamorada.
Comenzó a caminar. A su paso las palomas levantaron el vuelo. Un grupo de gente miraba atenta el espectáculo que un mimo ofrecía. Niños pequeños observaban absortos los movimientos del artista sin desprenderse de las manos de sus padres. Había algarabía en el ambiente y ella la compartía.
Sus oídos se inundaron con el sonido de la música que provenía del kiosco. Los distintos instrumentos —violines, violonchelo y contrabajo— formaron la tan acostumbrada melodía de las tardes de domingo: el danzón daba comienzo. Se detuvo unos instantes y observó a las parejas que bailaban. Atendiendo a la música, por un momento se detuvieron, y una mujer de cabello cano le dedicó una sonrisa cálida antes de continuar con el baile.
Rápidamente se sumergió en sus pensamientos y se imaginó girando con él al compás de la música. Por un instante cerró los ojos y se enfocó totalmente en la imagen que en su mente se presentaba. Ella llevaba un vestido largo y elegante, y él enfundado en un traje impecable la sujetaba por la cintura y la estrechaba entre sus brazos. Sintió ruborizarse cuando sus pensamientos dieron un vuelco y al baile le siguieron los besos. Una chispa de deseo iluminó sus ojos y contradictoriamente ladeó su cabeza en gesto tímido.
Salió de su ensimismamiento al escuchar las campanadas que anunciaban la hora en el reloj de la catedral. Avanzó apresurada pensando en que no quería llegar tarde para verlo. Estiró la mano al pasar a un lado de la fuente de la plaza. El agua emergía a borbotones formando arcos y el viento trajo hacia ella una ligera brizna que mojó su palma. Una sensación de paz la invadió y cuando distinguió el lugar a donde se dirigía sintió un revoloteo en el estómago ante la expectativa.
Del segundo piso colgaba un letrero en el que se leía: «Café Central». Los ventanales de la entrada dejaban ver mesas sencillas adornadas con pequeños floreros con tulipanes y racimos de canela que daban un delicioso aroma al lugar, además del particular olor a café. Cruzó el umbral y se dirigió al librero que cubría la pared de la derecha. Tomó un libro y con el dedo índice comenzó a pasar las páginas, tratando de recordar en donde se había quedado la última vez.
En la barra principal un hombre mayor seguía sus movimientos y la miró directo a los ojos en tanto cortaba un trozo de pastel. Como si ambos compartieran un secreto, cuando pasó frente a ella el hombre le guiñó un ojo y apuntó hacia arriba con el dedo índice. 
—Llegas tarde —le dijo.
—Lo sé. Lo sé —respondió ella casi en un susurro.
—¿Lo de siempre?
Ella asintió con un gesto de cabeza y se encaminó hacia las escaleras que llevaban al segundo piso. Se detuvo ante el primer escalón y aspiró profundamente. Los latidos de su corazón se habían acelerado y procuró calmarse, un vano intento, pues tan sólo el conjuro de su imagen la hacía sentirse nerviosa.
El piso de madera de la planta alta crujió bajo sus pies y cuando alzó la vista al fin pudo ver su reflejo en los espejos de la pared de enfrente. Él estaba sentado a su mesa habitual en el balcón. Su chaqueta colgaba descuidada de una de las sillas. Un mechón de cabello castaño le cubría la frente y lo apartó con un ligero movimiento. Tenía en sus manos un nuevo libro y se le veía absorto en la lectura.
Ella se acercó lentamente y tomó asiento a la mesa paralela a la suya. Se sintió incómoda por un momento, hasta que la camarera la distrajo al traerle su taza de café. La de él se mantenía humeante, pero ella sabía bien que quedaría olvidada hasta que el café estuviera frío. Bajó la mirada y en la comisura de su boca casi se formó una sonrisa.
Ella creía conocerlo a fondo. Había aprendido a reconocer cada uno de sus gestos. Sabía cuando la lectura lo apasionaba o bien cuando no había logrado atraparle, entonces de vez en cuando él desviaba la mirada y la dirigía a la plaza, nunca hacia ella, por desgracia.
El tiempo pasó volando. Los últimos rayos del sol daban un toque rojizo a todo el panorama y una estrella prematura se dejaba ver ya en el firmamento. Con expresión resignada, ella tomó sus cosas y se levantó. Él ni siquiera le brindó una mirada. El revoloteo que había sentido hacía unas horas había desaparecido, y ahora ella se marchaba del café con la sensación de que estaba dejando escapar algo importante.
—¿Nada? —le preguntó el hombre que atendía el café y que en ese momento se encontraba afuera levantando el parasol.
Ella negó rápidamente con la cabeza y se instaló en su rostro una expresión de tristeza.
—Hasta el domingo —le dijo el hombre.
—Hasta el domingo —se despidió.
En la mesa del balcón él bebió de un trago su café y centró su atención en la plaza. Un vértigo ya conocido se apoderó de él al verla cruzar la calle. «Se ve hermosa el día de hoy», pensó. Llevaba un vestido blanco sin mangas y su cabello largo caía en cascada sobre su espalda. La miró hasta que la perdió en la distancia y solo entonces se levantó.
El hombre, ahora en el mostrador, le hizo la misma pregunta que a ella.
—¿Nada? —le dijo y él se ruborizó.
—Aún nada —respondió. 
El hombre meneó la cabeza en gesto de desaprobación y él se sintió como un niño.
—Deberías pasar por la catedral. Algunas veces rezar ayuda —le aconsejó.
—¿Rezar?
—Sí.
—Quizás.
—Hasta el domingo.
—Hasta el domingo —repitió y salió del local. 
La plaza había adquirido un toque diferente. Las farolas comenzaban a encenderse y podían verse parejas aquí y allá que paseaban tomadas de la mano. Sintió nostalgia apenas verlas y se dijo así mismo que no dejaría escapar otra oportunidad. Se ponía nervioso con el solo hecho de pensar en hablarle. Pero tenía que hacer algo pronto, pues no podía estar más tiempo sin ella.
Siguió caminando y, sin saber bien cómo, llegó a la catedral. El reloj instalado en la torre más alta resplandecía con una luz blanca, marcaba exactamente las ocho de la noche. Pronto llegaron a sus oídos las campanadas que le indicaron la hora. Vaciló un poco pero decidió entrar. El eco de sus pasos resonó en el interior. La última misa se había celebrado a las seis por lo que había muy poca gente dentro. Por una orilla avanzó hasta el altar y se detuvo en seco. Pudo distinguirla más adelante, se encontraba hincada y con la cabeza gacha.
Sintió que su corazón se le saldría del pecho y estuvo apunto de marcharse. Pero, ¿qué se había dicho apenas hacía unos momentos? ¡Qué no dejaría escapar otra oportunidad! Cuando se giró, ella lo miraba. Sus ojos se quedaron atrapados y el tiempo se detuvo. Una sonrisa iluminó su rostro y ella le devolvió el gesto. Con paso tímido avanzó unos metros y ella, por su parte, hizo lo mismo.
Nunca habían estado tan cerca, casi podían tocarse y él se aventuró a tomar su mano. Una corriente eléctrica les recorrió el cuerpo. Salieron así a la plaza, compartiendo miradas de complicidad que decían más que mil palabras, una promesa de lo que estaba por venir.
«Algunas veces rezar ayuda», pensó él y en tanto sonreía dirigió un pensamiento de agradecimiento al hombre del café.

2 comentarios:

  1. Hola, Li (que curioso seudomino o nombre, je je). En seguimiento a la campaña de unión de El Club de las Escritoras, encontré tu blog. El relato me entretuvo un rato, y que lástima que no hayas ganado, siempre habrá una próxima vez. Paso rapidín, así que me despido y espero que puedas pasarte por mi blog, donde publico mis ideas, historias, poesías, etc. Te dejo el link: http://un-gemelo-en-cada-mano.blogspot.com

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    1. Gracias por pasarte por mi blog, espero y hayas encontrado algo de tu agrado, a la de ya me paso por el tuyo. Saludos!!!

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Gracias por pasar y comentar, espero y hayas encontrado algo de tu agrado.