jueves, 26 de julio de 2012

Proyecto Julio-Adictos a la escritura: Juntos, revueltos y de aniversario.


Saludos blogueros, les dejo mi proyecto del mes de Julio para Adictos a la escritura: JUNTOS, REVUELTOS Y DE ANIVERSARIO. El proyecto consistía realizar un relato tomando como base central de la historia "un aniversario", el que fuera, ello dado al reciente aniversario del blog de adictos, y había que incluir dos personajes de un listado que nos fue proporcionado, yo escogí: bailarina y asesino a sueldo. Así que el siguiente relato es lo que surgió, ya me dirán que opinan, como siempre estoy atenta a sus comentarios.



LA BAILARINA



El chofer conducía a una velocidad prudente por las calles. Él se hallaba en el asiento trasero mirando absorto las luces de la ciudad y podía ver de cuando en cuando su reflejo en la ventanilla. Su rostro recién afeitado mostraba cierto nerviosismo y sentía las palmas húmedas debajo de los guantes blancos que las cubrían. Por un momento se dijo que su impecable aspecto no podía engañar a nadie, aunque llevara mucho tiempo haciéndolo.
Se había mezclado con la alta sociedad londinense hace ya varios años. Recordaba bien la fecha —un 27 de marzo—, el aniversario de su nueva vida. Nunca había creído en el destino, pero ese día le había dado una muestra fehaciente de su existencia. Recordarlo le provocó ganas de sonreír, aunque la sonrisa que cruzó por su rostro fue algo amarga.
Por fin el chofer se detuvo ante una edificación majestuosa. Una escalinata de mármol conducía al interior del recinto. Desde su cómodo lugar alcanzó a ver las figuras que se alzaban en la cúspide: una mujer y un hombre danzando. La fachada del edificio mostraba cuatro columnas que precedían la entrada principal. Quiso bajarse de un salto y ver si podía darle alcance antes de que comenzara la función, pero las reglas de la etiqueta se lo impedían. Segundos después su chofer abrió su portezuela y se dijo que era hora de dar inicio al espectáculo.
Bajó del automóvil un hombre imponente, alto, delgado y pulcramente vestido. El esmoquin que llevaba puesto era hecho a medida y dejaba entrever un cuerpo bien formado por el ejercicio. Colocó sobre su cabeza un sombrero de copa que ocultó casi por completo su cabellera rubia y comenzó a subir la escalinata. Afuera todavía había gente dejando correr el tiempo. Una mujer envuelta en un vestido azul de satín le dedicó una mirada perversa —nada propio para una mujer casada— y él la ignoró por completo.
—Señora Harris, ¿cómo está su marido? —le dijo cuando cruzó el umbral y de sus ojos desapareció cualquier rastro de perversidad, dando paso a una mezcla de reproche y furia.
Él sonrió para sí mismo y siguió avanzando. Se detuvo un par de veces para saludar a un par de amigos —era extraño llamarlos así— y se encaminó a su palco.
El teatro estaba a rebosar, la gente se acomodaba en sus asientos pues la función no tardaría en dar comienzo. Hombres y mujeres ataviados en sus mejores trajes conversaban bulliciosamente en los palcos. Su lugar le daba una vista privilegiada de todo el teatro, alcanzaba a distinguir los detalles de la cúpula que se ubicaba justo por encima de su cabeza: violines alados con rostros femeninos, mujeres y hombres envueltos en una abrazo, arpas y notas musicales pintados en colores vivos y justo del centro colgaba esplendoroso un candil con ornamentos en tonos dorados. Por todo el teatro podían verse las mismas figuras, sólo que talladas en columnas y en el frente de los palcos. Resultaba obvia la majestuosidad del lugar.
Las luces comenzaron a apagarse y el escenario quedó en penumbras: el telón estaba por abrirse. Los murmullos se acallaron y el recinto quedó en un completo silencio. Cuando miró abajo pudo ver a la orquesta completamente dispuesta para tocar. Cerró los ojos un instante y acudieron a él los recuerdos.
Era una mañana fría, los últimos recodos del invierno rodeaban el ambiente. Acababa de tener una cita importante. Una mujer había acudido a él para deshacerse de alguien. Ese era su trabajo, desaparecer a las personas: era un asesino a sueldo. El dinero que se había concertado era bastante, por lo que rechazar la oferta no había cruzado por su cabeza. Lo había hecho y por menos dinero, algunas veces la necesidad te llevaba por caminos inimaginables.
Por esas fechas el dinero ya no era un factor, tenía el suficiente como para vivir desahogadamente y hasta con lujos, pero ese no era su mundo. Él se sentía cómodo en cualquier taberna y conviviendo con personas que, como él, habían hecho de su vida la delincuencia. Esa mañana no era diferente a cualquier otra, hasta que la vio a través de los ventanales de un escaparate. Se media un vestido subida en una plataforma circular y se veía hermosa, no había visto una mujer más hermosa en su vida.   
Cruzó la calle y se acercó a la tienda sin pensárselo dos veces. Ella se dio cuenta que la miraba con descaro y le maravilló verla ruborizarse cuando le dedicó una sonrisa. Salió de la tienda momentos después y él la abordó.
—Su nombre, señorita. Es lo único que deseo saber —le dijo.
Ella lo miró y cuando pensaba que no le respondería se acercó a él, a una distancia tan corta que pudo percibir su perfume.
—¿Va mucho al teatro, señor? Quizá debería ir esta noche —y se alejó sin decir nada más.
La primera vez que entró al teatro de Londres no sabía como comportarse. Todo a su alrededor se le hacía desconocido. Esa noche estaba ahí por negocios, aunque no podía sacarse de la cabeza a la chica del escaparate. Si todo salía bien tendría un negocio redondo. La mujer que había contratado sus servicios le dijo que encontraría a su víctima en ese lugar: la bailarina principal de la obra que se representaba esa noche.
Cuando el telón se abrió, apareció ante sus ojos una mujer joven, delgada y menuda que parecía sumamente frágil. El vestido con encajes que llevaba puesto la hacía parecer una muñeca de porcelana. La vio bailar unos instantes antes de reconocerla. Cuando vio su rostro sintió que el mundo se le caía a los pies: la chica del escaparate, su víctima.
Quiso salir corriendo de ahí, alejarse de todo y de todos hasta que, también en el escenario, reconoció a su benefactora y por la mirada de ésta supo que nunca se detendría. El destino es caprichoso, algunas veces basta un pequeño giro para cambiar una vida. Esa noche hubo una muerte, pero no la esperada. Los titulares de los periódicos del día siguiente señalaban el deceso de una bailarina, era una mujer en los últimos años de su carrera...
Sus recuerdos se disiparon y de golpe regresó al presente, el sonido de la música inundaba ya sus oídos: la orquesta había comenzado a tocar. Se abrió el telón y sobre el escenario apareció una bailarina delgada y de aspecto frágil con piel de porcelana. Sus ojos no se apartaron de ella hasta que los aplausos del público inundaron cada recodo del teatro. Solo entonces se levantó de su asiento y con paso ágil se dirigió a los camerinos. Ella ya lo esperaba, la puerta se abrió antes de que la tocara.
—Estuviste maravillosa —atinó a decir.
—Feliz aniversario, amor —expresó ella, lo miró y poniéndose de puntillas le dio un beso en los labios—. ¿Lo recuerdas?
Un 27 de marzo de hacía ya cuatro años había dado inicio a su nueva vida, dejando atrás su pasado y cambiando todo por amor. ¿Cómo podría olvidarlo? Sonrió abiertamente y la atrajo hacia él, también un 27 de marzo se había casado con ella.

lunes, 16 de julio de 2012

Riesgos


Que tal blogueros, comparto rápidamente con ustedes una nueva línea de mis pensamientos. No es un relato, tampoco en si es un poema, pues no lo he iniciado como tal, es más bien otro modo de dar libertad a lo que cruza por mi mente, y todo ha quedado plasmado en las siguientes líneas, espero les guste lo que lean, como siempre estoy atenta a sus comentarios.

RIESGOS
(Para ti)

Melancolía que se cuela por cualquier rincón y aparece en el momento menos esperado. Aunque lanza señales cual si fueran fuegos pirotécnicos, son invisibles para la persona enamorada. El efecto normal del amor es sentirse invencible. Creemos que nada puede afectarnos y la gran mayoría de las veces nos vuelve ciegos.
Buscamos explicaciones increíbles ante aquello que resulta obvio, ignorando los hechos y haciendo caso omiso a la razón. Las defensas normales de supervivencia desaparecen una a una, y el corazón y el alma quedan totalmente expuestos ante la idea fija de que esa persona no habrá de dañarnos. El amor en realidad nos vuelve enteramente vulnerables y eventualmente habrá de haber algún daño. En el amor, nadie sale totalmente indemne. ¿Vale la pena el riesgo?

Puedo percibir la angustia que se acerca,
a golpes busca abrirse paso,
un miedo ya conocido recorre mis venas
y a la tristeza va dejando espacio.

Ahora mi cielo es un manto sin estrellas,
prácticamente a ciegas voy avanzando,
busco ansiosa una mirada tuya,
que me dé la luz que se me ha negado.

Locura que avasalla mis sentidos,
permíteme tenerte entre mis brazos,
dale tibieza a mi corazón inerte,
déjame sentir el roce de tus labios.

La soledad pesa demasiado,
así que anhelante ruego,
para que pronto vengas a mi lado…

¿Vale la pena el riesgo?
Por ti, bien puedo tomarlo.

Amor platónico





Saludos blogueros, el día de hoy quiero compartir con ustedes un relato con el cual he participado en un concurso, bueno, no gané, pero es el primero con el que lo intento, así que para mí tiene algo de especial. Lo dejo para que lo lean, ya me dirán sus opiniones que como siempre estoy atenta a sus comentarios.




AMOR PLATÓNICO




Un escalofrío recorrió su espalda y se giró sorprendida. Aún no podía verlo, pero sabía que estaba cerca. Sus ojos lo buscaron entre la gente que se aglomeraba en la plaza. Los rayos del sol se filtraban entre las hojas de los árboles y el aire tibio de la tarde acarició su cara. Soltó un suspiro y miró al cielo. La claridad que éste desprendía le pareció maravillosa. Cualquiera que la viera bien podría notar la característica mirada de una chica enamorada.
Comenzó a caminar. A su paso las palomas levantaron el vuelo. Un grupo de gente miraba atenta el espectáculo que un mimo ofrecía. Niños pequeños observaban absortos los movimientos del artista sin desprenderse de las manos de sus padres. Había algarabía en el ambiente y ella la compartía.
Sus oídos se inundaron con el sonido de la música que provenía del kiosco. Los distintos instrumentos —violines, violonchelo y contrabajo— formaron la tan acostumbrada melodía de las tardes de domingo: el danzón daba comienzo. Se detuvo unos instantes y observó a las parejas que bailaban. Atendiendo a la música, por un momento se detuvieron, y una mujer de cabello cano le dedicó una sonrisa cálida antes de continuar con el baile.
Rápidamente se sumergió en sus pensamientos y se imaginó girando con él al compás de la música. Por un instante cerró los ojos y se enfocó totalmente en la imagen que en su mente se presentaba. Ella llevaba un vestido largo y elegante, y él enfundado en un traje impecable la sujetaba por la cintura y la estrechaba entre sus brazos. Sintió ruborizarse cuando sus pensamientos dieron un vuelco y al baile le siguieron los besos. Una chispa de deseo iluminó sus ojos y contradictoriamente ladeó su cabeza en gesto tímido.
Salió de su ensimismamiento al escuchar las campanadas que anunciaban la hora en el reloj de la catedral. Avanzó apresurada pensando en que no quería llegar tarde para verlo. Estiró la mano al pasar a un lado de la fuente de la plaza. El agua emergía a borbotones formando arcos y el viento trajo hacia ella una ligera brizna que mojó su palma. Una sensación de paz la invadió y cuando distinguió el lugar a donde se dirigía sintió un revoloteo en el estómago ante la expectativa.
Del segundo piso colgaba un letrero en el que se leía: «Café Central». Los ventanales de la entrada dejaban ver mesas sencillas adornadas con pequeños floreros con tulipanes y racimos de canela que daban un delicioso aroma al lugar, además del particular olor a café. Cruzó el umbral y se dirigió al librero que cubría la pared de la derecha. Tomó un libro y con el dedo índice comenzó a pasar las páginas, tratando de recordar en donde se había quedado la última vez.
En la barra principal un hombre mayor seguía sus movimientos y la miró directo a los ojos en tanto cortaba un trozo de pastel. Como si ambos compartieran un secreto, cuando pasó frente a ella el hombre le guiñó un ojo y apuntó hacia arriba con el dedo índice. 
—Llegas tarde —le dijo.
—Lo sé. Lo sé —respondió ella casi en un susurro.
—¿Lo de siempre?
Ella asintió con un gesto de cabeza y se encaminó hacia las escaleras que llevaban al segundo piso. Se detuvo ante el primer escalón y aspiró profundamente. Los latidos de su corazón se habían acelerado y procuró calmarse, un vano intento, pues tan sólo el conjuro de su imagen la hacía sentirse nerviosa.
El piso de madera de la planta alta crujió bajo sus pies y cuando alzó la vista al fin pudo ver su reflejo en los espejos de la pared de enfrente. Él estaba sentado a su mesa habitual en el balcón. Su chaqueta colgaba descuidada de una de las sillas. Un mechón de cabello castaño le cubría la frente y lo apartó con un ligero movimiento. Tenía en sus manos un nuevo libro y se le veía absorto en la lectura.
Ella se acercó lentamente y tomó asiento a la mesa paralela a la suya. Se sintió incómoda por un momento, hasta que la camarera la distrajo al traerle su taza de café. La de él se mantenía humeante, pero ella sabía bien que quedaría olvidada hasta que el café estuviera frío. Bajó la mirada y en la comisura de su boca casi se formó una sonrisa.
Ella creía conocerlo a fondo. Había aprendido a reconocer cada uno de sus gestos. Sabía cuando la lectura lo apasionaba o bien cuando no había logrado atraparle, entonces de vez en cuando él desviaba la mirada y la dirigía a la plaza, nunca hacia ella, por desgracia.
El tiempo pasó volando. Los últimos rayos del sol daban un toque rojizo a todo el panorama y una estrella prematura se dejaba ver ya en el firmamento. Con expresión resignada, ella tomó sus cosas y se levantó. Él ni siquiera le brindó una mirada. El revoloteo que había sentido hacía unas horas había desaparecido, y ahora ella se marchaba del café con la sensación de que estaba dejando escapar algo importante.
—¿Nada? —le preguntó el hombre que atendía el café y que en ese momento se encontraba afuera levantando el parasol.
Ella negó rápidamente con la cabeza y se instaló en su rostro una expresión de tristeza.
—Hasta el domingo —le dijo el hombre.
—Hasta el domingo —se despidió.
En la mesa del balcón él bebió de un trago su café y centró su atención en la plaza. Un vértigo ya conocido se apoderó de él al verla cruzar la calle. «Se ve hermosa el día de hoy», pensó. Llevaba un vestido blanco sin mangas y su cabello largo caía en cascada sobre su espalda. La miró hasta que la perdió en la distancia y solo entonces se levantó.
El hombre, ahora en el mostrador, le hizo la misma pregunta que a ella.
—¿Nada? —le dijo y él se ruborizó.
—Aún nada —respondió. 
El hombre meneó la cabeza en gesto de desaprobación y él se sintió como un niño.
—Deberías pasar por la catedral. Algunas veces rezar ayuda —le aconsejó.
—¿Rezar?
—Sí.
—Quizás.
—Hasta el domingo.
—Hasta el domingo —repitió y salió del local. 
La plaza había adquirido un toque diferente. Las farolas comenzaban a encenderse y podían verse parejas aquí y allá que paseaban tomadas de la mano. Sintió nostalgia apenas verlas y se dijo así mismo que no dejaría escapar otra oportunidad. Se ponía nervioso con el solo hecho de pensar en hablarle. Pero tenía que hacer algo pronto, pues no podía estar más tiempo sin ella.
Siguió caminando y, sin saber bien cómo, llegó a la catedral. El reloj instalado en la torre más alta resplandecía con una luz blanca, marcaba exactamente las ocho de la noche. Pronto llegaron a sus oídos las campanadas que le indicaron la hora. Vaciló un poco pero decidió entrar. El eco de sus pasos resonó en el interior. La última misa se había celebrado a las seis por lo que había muy poca gente dentro. Por una orilla avanzó hasta el altar y se detuvo en seco. Pudo distinguirla más adelante, se encontraba hincada y con la cabeza gacha.
Sintió que su corazón se le saldría del pecho y estuvo apunto de marcharse. Pero, ¿qué se había dicho apenas hacía unos momentos? ¡Qué no dejaría escapar otra oportunidad! Cuando se giró, ella lo miraba. Sus ojos se quedaron atrapados y el tiempo se detuvo. Una sonrisa iluminó su rostro y ella le devolvió el gesto. Con paso tímido avanzó unos metros y ella, por su parte, hizo lo mismo.
Nunca habían estado tan cerca, casi podían tocarse y él se aventuró a tomar su mano. Una corriente eléctrica les recorrió el cuerpo. Salieron así a la plaza, compartiendo miradas de complicidad que decían más que mil palabras, una promesa de lo que estaba por venir.
«Algunas veces rezar ayuda», pensó él y en tanto sonreía dirigió un pensamiento de agradecimiento al hombre del café.