domingo, 29 de abril de 2012

La Asunción (Segunda Parte)



Hola a todos, ahora sí que he andado algo desaparecida. El exceso de trabajo ha impedido que actualice el blog. Pero bueno, ya estoy de vuelta y el día de hoy traigo para ustedes la segunda parte de LA ASUNCIÓN. ¿Se imaginan un lugar sin niños? Espero que les guste y como siempre estoy atenta a sus comentarios.

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LA ASUNCIÓN
SEGUNDA PARTE


Elena Duarte lo intenta, mantiene a Carlos y a Alondra dentro de la casa. Se ha percatado de las miradas impacientes y muy poco amables de sus vecinos. «¿Qué es lo que se les hace tan horrible?», piensa. A veces hasta ha sentido miedo por sus niños, el que les puedan hacer algo la tortura y se lo ha dicho a su marido, sólo que él piensa diferente.
«Es a nosotros a quien tienen miedo», le dice.
Los habitantes de La Asunción hasta inclusive han procurado no enfermarse para no visitar al nuevo doctor, pero para ser honestos ¿cuánto puede durar eso? Enfermarse o no enfermarse es algo que no se puede controlar.
Emiliano Duarte se mantiene optimista pensando en que las cosas mejorarán, aunque le preocupa que sus ahorros se acaben antes de que esto pase. Como cabeza de familia él tiene que mantener a su esposa y a sus hijos, y ante la renuencia de la gente del pueblo para acudir a verlo no puede hacer mucho para conseguir dinero.
La indiferencia con que son tratados resulta absurda, tal parece que ni siquiera notan su presencia, pero son constantemente observados. Su vecina más cercana, la señora Aguirre —la viuda del antiguo doctor— los vigila desde su ventana cada vez que puede, está convencida que son un peligro para la comunidad.
La forma en que Elena se comporta con sus hijos se le hace totalmente desatinada: corriendo y jugando con ellos todo el tiempo. Todo lo que Elena hace no le parece digno de una dama y está dispuesta a hacer lo que pueda para que se marchen del pueblo. Aunque la suerte de la familia Duarte está a punto de cambiar.
Una noche como cualquier otra, ya habitual para la familia Duarte, estando sentados a la mesa para cenar, alguien toca a su puerta. Un poco más de un mes llevan allí y muy pocas personas se han aventurado a realizar esta tan usual acción, así que una sonrisa se instala en el rostro de Emiliano, Elena frunce el ceño en señal de preocupación y los niños se mueven inquietos en sus sillas.
—Yo abro —anuncia Emiliano y se levanta de la silla con una prisa difícil de controlar. Ajustándose los lentes y sacudiendo un poco el traje que lo viste abre la puerta y saluda al visitante.
—¡Qué tal! —refiere con un entusiasmo fuera de lo normal.
El visitante en la penumbra sigue dudando en acercarse a la puerta, y más aún el entrar a la casa de los Duarte.
—Buenas noches —saluda casi en un susurro el recién llegado.
Emiliano Duarte lo reconoce al instante: es un sirviente de la casa rica, como le dicen en el pueblo a la casa de los Álvarez. Cuentan con una tienda de abarrotes, la única en el pueblo, y por consiguiente resulta una muy buena entrada de dinero que ha hecho que Benjamín Álvarez tenga una casa que parece discordante con las demás que conforman La Asunción.
Unos muros altos, cubiertos por una enredadera la rodean y una puerta con figuras talladas obstruye la entrada. Carlos Duarte ha avistado la casa en las pocas veces que ha acompañado a su madre a hacer las compras y siempre ha querido ver que hay dentro. La imaginación de un niño corre deprisa y él tiene la idea de que en esa casa se esconde un gran secreto, seguramente algo mágico e inigualable.
Carlos escucha atento la conversación que tiene su padre con el visitante. Benjamín Álvarez está en cama, con fiebre y con dolores en todo el cuerpo, o al menos eso es lo que dice Ramiro, su empleado. Acuerdan rápidamente que el doctor acuda a visitar al enfermo y Carlos corre hacia su padre como un rayo.
—¡Yo voy contigo! —anuncia Carlos a voz en grito.
—¡¿Qué?! —interviene Alondra—. Si va él voy yo.
—Ninguno de los dos va a ir a ningún lado —refiere Elena—. Es tarde y tienen que dormir.
—Su madre tiene razón, será mejor que vayan a la cama —concluye Emiliano­—. Prometo no tardar mucho —y sale por la puerta con paso ágil.
El desencanto se ha instalado en el rostro de Carlos y Alondra, aunque Carlos no está dispuesto a darse por vencido fácilmente. Con fingida resignación sube las escaleras y se dirige hacia su cuarto. Su madre le da alcance y lo observa meterse a su cama.
—Sé que estás molesto, pero tu padre va a trabajar y un trabajo no es cosa de juego. Recuerda que va a visitar a un enfermo —le dice.
Carlos no contesta y su madre suspira. Le da un beso antes de salir de su habitación. Las luces se apagan y todo queda en penumbra, es entonces cuando Carlos decide entrar en acción.
Un viejo roble se alza cerca de su ventana y decide que bajar por él es la mejor manera de salir de su casa sin que nadie lo vea. Baja con sigilo y presteza y en pocos minutos está corriendo para dar alcance a su padre.
En la calle sólo algunas farolas están encendidas y la luz de la luna hace brillar la callejuela empedrada. Para Carlos todo luce misterioso, el escenario perfecto para una aventura. Hace rato que ha perdido de vista a su padre, pero sabe bien donde queda la casa de los Álvarez.
Corre más aprisa y pronto llega a su destino. Su corazón se acelera al encontrarse frente a la puerta. Al fin puede reconocer las figuras talladas: son ángeles. Pasa la mano por una de ellas y siente el roce de la madera bajo sus dedos. La puerta cede bajo su peso y se abre con un ligero chirrido.
«Eso fue fácil», piensa.
Está a pocos pasos de descubrir lo que encierran esas puertas. Cuando cruza el umbral sus ojos se abren desmesuradamente. La casa de los Álvarez parece enorme. Hay un jardín al frente lleno de flores y árboles colocados en hilera a cado lado del camino que lleva hasta la casa. Avanza y sus pasos resuenan en la grava, cruza el jardín y de repente se siente como un explorador en busca de un tesoro, solamente que quizás no sea el tesoro que se imagina.
La oscuridad de la noche parece más intensa. Escucha los ladridos de un perro y de repente siente miedo.
«¿Y si está suelto?», se dice.

No hay lugar para arrepentimientos, así que sigue avanzando. No quiere que nadie lo vea, pero es demasiado tarde para eso, alguien ya lo observa y sigue atentamente cada uno de sus pasos.

3 comentarios:

  1. Li: Me gusta mucho tu relato, creo que ya te lo había expresado en el capítulo anterior.
    Que bueno que continuas con esta historia, pues tenía el deseo de seguirla leyendo, espero la continuación. Y NO TE LO DIGO POR MERA FÓRMULA, COMO ALGUNA VEZ ME LO HAN DICHO A MÍ, DE VERDAD TE ME ESTOY INTERESANDO EN TU RELATO.
    Quiero decirte que considero que eres una excelente escritora, que tienes mucha idea de lo que es escribir y que espero que no cejes en tu intento de comunicar tus pensamientos y sentimientos.
    Me enorgullece tener una paisana tan talentosa como tú : Doña Ku

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  2. Bien, la historia se pone interesante...
    Aunque en este capítulo se me ha hecho rara la fórmula de narración en presente que utilizas. No recuerdo muy bien, pero creo que el tiempo verbal en el primer capítulo no era asi. Si sí que lo era, perdona. ;)
    Por lo demás, la historia sigue interesante...

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    1. Me parece que la introducción la escribí en pasado y la historia en sí en presente, pero lo checo para que si es necesario lo corrija, como siempre gracias por el aporte. Saludos!!!

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