domingo, 8 de abril de 2012

La Asunción (Primera Parte)


Paso mucho tiempo leyendo o bien escribiendo ante la mirada atenta de dos niños. Mis sobrinos de 10 y 11 once años me han hecho notar que soy una influencia para ellos. Al mayor he procurado regalarle libros y he podido notar como va creciendo su gusto por la lectura, devora las páginas metiéndose en cada historia. Con mi sobrina ha sido algo distinto, toma un libro y eventualmente lo deja olvidado, y es que ella ve el mundo de diferente manera, creo yo que su mente está ocupada en otras cosas, analizando todo a conciencia. Así que hace un par de días he recibido una muy grata sorpresa, pues me ha enseñado una de sus libretas y cuando le he preguntado que para que era me ha respondido: "Es de relatos. Estoy escribiendo un relato." Sé bien que los niños están en constante cambio, pero realmente espero y deseo para ellos que estos gustos que están adquiriendo y de algún modo trabajando, puedan trascender y convertirse en un futuro maravilloso. Es por eso que he decidido hacer una historia dedicada a ellos: a los niños. Y que mejor que hacerlo en este que es su mes. Será un relato más largo de lo que normalmente realizo, así que aquí les dejo la primera parte, espero les guste el inicio de esta historia y como siempre estoy atenta a sus comentarios.

LA ASUNCIÓN
PRIMERA PARTE

Esta historia que quiero contarles sucedió hace mucho, hace ya varios años, aunque cuando llego a contarla, a las personas que me escuchan no les suena muy creíble. Resulta difícil imaginarse un lugar tan triste, pero existió. Es la historia de un pueblo pequeño y de su gente, y de como una familia llegó para cambiarlo todo, esta es su historia y de algún modo también la mía…

Una niebla espesa cubre el lugar y el frío se siente intenso a temprana hora de la mañana. En este sitio hace falta algo indispensable y es evidente su ausencia, aunque los que habitan La Asunción, hace mucho que han dejado de ponerle atención a la sensación de vacío que nubla sus días.
Al pie de una montaña un camino empedrado conduce al pueblo: «Un lugar tranquilo para vivir», anuncia el letrero que da la bienvenida. Sin seguir un orden exacto, pequeñas casas de madera se encuentran dispersas aquí y allá, y los árboles se alzan majestuosos a su alrededor. De las chimeneas sale un humo blanco y el paisaje se nota sereno, aunque apenado.
Cuando esta historia da inicio aún la gente del pueblo se encuentra dormida. A lo lejos se escucha el canto de un gallo que ha despertado temprano, como es costumbre, y el berrido de un becerrito y los balidos de los corderos complementan la sinfonía matutina. Un ligero resplandor comienza a iluminar el cielo dispersando la niebla, falta poco para que amanezca.
Las callejuelas se notan silenciosas, sólo un ligero viento rompe la quietud. Los primeros rayos del sol se detienen en la blancura de las paredes de la capilla. Los vitrales con imágenes de santos resplandecen y se reflejan en el piso creando luces multicolores. Es entonces cuando una carreta arriba al pueblo.
El resonar de los cascos de los caballos en el camino empedrado termina por despertar a la gente. En tanto la carreta avanza las ventanas comienzan a abrirse. La curiosidad vence al sueño y ojos adormilados hacen presencia en la calle y se aglomeran en la pequeña plaza, es allí donde el vehículo se detiene.
Un hombre delgado y rubio desciende de la carreta apenas se abre la puerta. Sus ojos azules observan todo a través de unos lentes de fondo de botella. Lleva puesto un traje café y lo cubre del frío un abrigo de lana negro que le llega hasta la pantorrilla. Sonríe abiertamente, se quita el sombrero y saluda con una reverencia, aunque ninguno de los presentes le devuelve la sonrisa.
—Muy buenos días —dice.
Como en todo pueblo siempre hay un dirigente, surge de la multitud un hombre robusto, con cabello cano, las mejillas sonrosadas y una barriga que oculta el cinturón que sujeta su pantalón. Es el único vestido impecablemente y la llegada de la carreta tal parece no causarle ninguna sorpresa.
—Buenos días, permítame presentarme, soy Alberto Meléndez, el Alcalde del pueblo. Bienvenido a La Asunción.
—Un gusto conocerlo al fin —refiere el recién llegado.
Dando un paso al frente y dirigiéndose a la población el Alcalde Meléndez hace la presentación.
—¡Escuchen todos, este es Emiliano Duarte!¡El nuevo doctor!
Por fin entre los habitantes existe algo de reconocimiento y parece que comienzan a entenderlo todo.
—Como podrá notar este es un pueblo pequeño, doctor Duarte, pero… —y entonces el Alcalde Meléndez parece darse cuenta de que falta algo —. Creí que vendría con su esposa, ¿no vino?
Emiliano Duarte vuelve a sonreír y al Alcalde Meléndez comienza a darle desconfianza tanta sonrisa. Él sabe lo que es reír, o al menos tiene la idea, sólo que no recuerda cuando fue la última vez que lo hizo.
—¡Elena! Claro que viene conmigo —y se dirige a la carreta cuyas cortinas de las ventanas permanecen cerradas—. ¿Puedes bajar, amor?
Una mujer delgada y menuda es ahora quien desciende de la carreta. Lleva un vestido largo y ceñido a la cintura, sobre los hombros un chal con cuentas de colores le dan viveza al conjunto. Su cabellera oscura, sujeta en un moño, ha empezado a soltarse dejando correr libres algunos mechones. Sus ojos cafés brillan ante la expectativa del nuevo lugar, y al igual que su marido le obsequia a los presentes una amplia sonrisa que rápidamente se disipa al notar que todos la observan con cautela. Así que termina refugiándose a espaldas de su marido.
—Ella es mi esposa, Elena Duarte, señor Alcalde.
—Un honor conocerla —y la aludida con timidez extiende la mano para saludarlo.
Hasta ahora parece que las presentaciones han concluido, pero una voz aguda hace su aparición.
—¿Ya llegamos papá? —y asoma por la carreta una niña con cabellos rubios que lleva puesto un vestido con holanes.
La niña baja a trompicones cuando su hermano menor le da un ligero empujón.
—¡Hola! —saluda el niño y nadie le responde.
El silencio envuelve el ambiente y momentos después la gente se pone a murmurar.
«¿Qué son?», se escucha. «¿Son enanos?»
—¡¿Enanos?! —bufa el niño— somos niños, además en mi escuela era uno de los más altos.
—Yo soy más alta que tú —dice su hermana—. Pero, ¿qué les pasa? ¿Acaso nunca han visto niños?
—Alondra, no seas imprudente —interviene su madre—. Por supuesto que han visto niños —y ante la mirada atónita de todos por un momento duda—. ¿Verdad?
El Alcalde Meléndez ahora se nota nervioso.
—Por supuesto que hemos visto niños —y dirigiéndose a Emiliano Duarte en un susurro añade: —Creí que sólo serían usted y su esposa doctor.
—¿En verdad? Estoy seguro que le mencioné en mis cartas que vendría con toda mi familia.
—Claro que lo mencionó, pero nunca dijo que tenía niños. Como le explico… Aquí no somos muy tolerantes con... ¡La quietud es el signo que identifica a La Asunción! Y pues los niños son algo ruidosos.
—Entonces no habrá problema, mis hijos son sumamente tranquilos —refiere el doctor Duarte en tono alegre.
—No me he explicado, es que aquí no hay niños.
—¡¿No hay niños?! —exclama Carlos, el más pequeño de los Duarte—. ¿Con quién voy a jugar entonces?
—Bueno, supongo que no se hizo para todo el mundo esto de tener hijos —le dice su padre, y dirigiéndose al Alcalde Meléndez añade: —Pero insisto, no habrá ningún problema. ¿Cree que sería posible que nos muestre nuestra nueva casa? Mi esposa y mis hijos vienen muy cansados del viaje, fueron casi seis días de trayecto.
 —Supongo que ya que están aquí… Sí, claro, ahora mismo les muestro su nueva casa.
Murmullos entre los habitantes vuelven a escucharse pero el Alcalde Meléndez los refrena.
—Tranquilos, estoy seguro que como dice el Doctor Duarte… —duda por un momento—. No habrá ningún problema.
Cada uno de los presentes se va retirando, algunos con las cabezas gachas, otros con el reproche evidente en sus expresiones y se dirigen a realizar sus actividades diarias.
Minutos después la familia Duarte se encuentra frente a su nueva casa. Sus pocas pertenencias han sido descargadas de la carreta y ésta parte de inmediato sin saberse bien cuando volverá a pisar de nuevo La Asunción. El hombre que la conduce se despide de los niños con un gesto de la mano y ya sin carga avanza rápidamente por la callejuela.
—Bueno —dice Emiliano Duarte a su esposa— pues empecemos a instalarnos.
—No nos quieren aquí —refiere ella.
—Pero nos querrán, ya verás.

4 comentarios:

  1. Uhhhh! Un pueblo sin niños... Un lugar sin niños!!! Esto promete, jajaja!! Espero que estos pequeños líen alguna buena, jajaja!!
    Me has despertado curiosidad por la continuación, Jeje. La presentación, tan tensa, tan seca, ha resultado muy interesante.

    Respecto al estilo, si me lo permites, apuntaría a algún cambio en algunas frases subordinadas que resultan demasiado largas. O quizás acotar con comas para tomar aire en la frase, o directamente punto y seguido en alguna de ellas.

    Por lo demás, estupendo. Me gustó mucho este comienzo. Y te felicito por ese pequeño gran logro con tus sobrinos. Enhorabuena!! Jejeje! Son el futuro!!! ;)
    Un saludo!

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  2. Hola, tienes razón, algunas frases las he dejado muy largas, gracias por hacérmelo notar, lo corregiré. Gracias por las felicitaciones respecto a mis sobrinos. Como dices, no cabe duda que los niños son el futuro. Saludos!!!

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  3. Liliana: ¡Muy bien, chica!, este es el tipo de relatos que me gustan. Te felicito por que sabes atrapar al lector desde el primer momento. Espero con expectación lo que sigue.
    Sólo una acotación, creo que holanes va sin la h.
    Nuevamente ¡felicidades!: Doña Ku

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    1. Ups, se me fue, gracias por el aporte, ya está corregido.

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Gracias por pasar y comentar, espero y hayas encontrado algo de tu agrado.