miércoles, 21 de marzo de 2012

Inesperado amor


Un nuevo relato, en definitiva distinto al anterior. También hay que escribir sobre las cosas buenas de la vida, así que espero que este les guste y como siempre estoy atenta a sus comentarios. Saludos a todos.
“Lo que, cuando te encuentras solo, parece una bendición, a la hora de la verdad resulta difícil si no estás preparado. Para aceptar la estima de los demás hay que tener un corazón sabio, porque es más fácil recibir desprecio que amor. Contra el que te ataca te vuelves, pero ¿qué hacer cuando alguien te muestra abiertamente su cariño? Podemos dejar la barca del conocimiento en la orilla, pero dejarse querer es algo que sí hay que aprender.” (Fragmento de la novela Amor en minúscula del escritor español Francesc Miralles).
INESPERADO AMOR 

Una mujer totalmente sumida en sus recuerdos sonreía para sí misma frente al espejo. Observaba su cabello, hacía años que había dejado atrás el tono castaño y había sido remplazado por un tono níveo. Había arrugas que circundaban sus ojos, las manchas en sus manos eran signo inequívoco de su edad, aun así pudo reconocerse en el reflejo.
Cerrando los ojos dejó que el sol pegara de lleno en su rostro, y a pesar de la contrariedad del clima casi pudo sentir una fina lluvia rozando su piel. Un ligero escalofrío recorrió su cuerpo y soltando un suspiro se preguntó cómo es que una anciana podía seguir sintiendo tan intensamente, y llegó a la conclusión que hay cosas que tienen relación directa con el corazón que simplemente perduran y que no envejecen como lo hace el cuerpo.
Lo conoció a los veinte años, en una tarde gris del mes de agosto, cuando una pesada lluvia caía desde el cielo emborronando todo lo que ella tenía delante. Avanzaba a paso lento por la acera, ajena a lo que la rodeaba. Su cabello castaño estaba totalmente empapado y la fina chaqueta que cubría sus hombros de poco le había servido. Con la cabeza gacha para evitar que la lluvia entrara por sus ojos, ignoraba por completo que en pocos instantes encontraría a alguien que cambiaría radicalmente el resto de su vida.
Pudo distinguir como comenzaban a encenderse las farolas del parque que estaba cruzando la calle. Las gotas de lluvia que adornaban los árboles parecían pequeños diamantes que resbalaban antes de perderse en el frío suelo. A sus oídos llegaron las campanadas de la catedral, las cuales anunciaban la misa de las siete. Distinguió a lo lejos una figura encorvada que subía la escalinata para llegar a la puerta principal, era una mujer que llevaba en sus manos un rosario y la miró fijamente hasta que se perdió en el interior del recinto.
Había momentos en que le habría gustado ser más religiosa, poder desahogar sus penas ante un Dios que le brindara consuelo, pero su educación en casa había sido distinta, enteramente laica por así decirlo. No conocía siquiera a un padre que pudiera darle apoyo, y ante una madre totalmente ensimismada consigo misma, muy poco podría esperarse.
Desde temprana edad lo poco que había aprendido de la vida es que el amor era un sentimiento peligroso y que había que evitarlo a toda costa, lo cual hasta entonces había llevado al pie de la letra. Esa idea absurda que tenía tan afianzada en su cabeza, se la debía principalmente a su madre. Un montón de noches la había escuchado llorar, jurando con voz trémula que no volvería a enamorarse, mientras iba arrojando cosas que se estrellaban en el suelo. Era apenas una niña cuando en el refugio de la oscuridad que podía brindarle cualquier rincón de su casa, había observado a su madre derrumbarse una y otra vez, ignorando por completo el cariño que podía encontrar apenas a unos pocos pasos.
Esperaba tranquila el cambio del semáforo para poder cruzar la calle. Se dirigía a su trabajo. Un pequeño café en donde cada tarde hacía de veces de mesera, lava platos o hasta cocinera. Cualquier cosa que le proporcionara un ingreso extra para el colegio. 
Fue en un cruce peatonal cuando lo vio por primera vez. A pesar del aspecto mojado y de su desaliño evidente, le pareció el hombre más perfecto. Calculó que tendría unos cuatro o cinco años más que ella. Él caminaba con seguridad, totalmente impasible ante la atención que despertaba al pasar. Lo miró con descaro, olvidándose por completo del pudor y no reaccionó hasta que sus miradas se encontraron. Unos ojos azules la miraron directamente y sintió como un intenso calor subía por su cuerpo, haciéndole enrojecer hasta tal punto, que no le hubiera sorprendido que apenas la lluvia tocara su piel se evaporara al instante.
Cuando se cruzaron, sus señales de alerta se encendieron y ella procuró ni siquiera rozarle. Pretendía dejarle atrás, con la seguridad de que probablemente sus caminos no volverían a encontrarse. No cruzó por su cabeza que cuando el amor llega lo hace sin previo aviso, sin atenerse a deseos o planes personales, colándose por cualquier rendija ante la primera oportunidad.
Al llegar al café se sintió algo tonta, una niña ridícula al cohibirse por una simple mirada. En la seguridad de la cotidianidad que le provocaba el lugar, se sintió más tranquila. Saludó a los comensales ya habituales y cruzó rápidamente la barra que separaba a los empleados de la clientela. Escuchó entonces la campanilla de la puerta y observó con sorpresa como el hombre que según ella acababa de dejar atrás cruzaba el umbral.
Desde la entrada él le dirigió una mirada y le sonrió plácidamente, saludándola con un gesto de la mano. Fue allí cuando comenzó el juego del cortejo. Todos los días acudía al café y mientras le tomaba la orden él le contaba sobre su vida. Ella entonces fingía indiferencia, no obstante, escuchaba atenta cada palabra que salía de su boca.
Mirándolo de cerca, aprendió a reconocer sus rasgos: sus ojos azules enmarcados por unas largas pestañas, su tez blanca, su cabello quebrado y un hoyuelo que se formaba en su mejilla derecha cada vez que reía. Descubrió que tenía veinticinco años, que era el tercero de cuatro hermanos y que había estudiado medicina. Él bromeaba preguntándole si creía en el amor a primera vista y ella aparentaba molestia e inclusive dejaba entrever cierto fastidio. Entonces, él se levantaba de la mesa, le obsequiaba una sonrisa y se despedía con un “nos vemos mañana”.
La historia se repitió por cierto tiempo, hasta que un día se le acercó y le dijo las palabras que jamás habría deseado escuchar. Le expresó que ya había entendido, que se disculpaba por las molestias ocasionadas y que no la molestaría más. Que esa tarde había acudido a despedirse y no volvería al café. Dicho esto, salió por la puerta ante la mirada atónita de las demás empleadas y no hubo la ya habitual despedida de “nos vemos mañana”. 
Ella por un momento se quedó quieta, incapaz de reaccionar, hasta que segundos después salió a toda carrera para darle alcance. Lo encontró en la siguiente esquina y sin tomarse un respiro se soltó a decir todo lo que no había dicho antes, haciéndole una breve reseña de su biografía, hasta que él, con una sonrisa en los labios, se le acercó y la silenció con un beso...
Intempestivamente la risa de un niño la sacó de sus cavilaciones.
—Abuela, te estamos esperando.
—Ya voy amor. Sólo tomo mi bolsa, ¿sí?
Desde la planta baja llegaba hasta ella el bullicio que envolvía ahora todos sus días, un carrusel de buenos momentos y una felicidad plena que recibía a manos llenas. En el umbral de la puerta distinguió una silueta. Se giró, y se encontró siendo observada por unos ojos azules, esos ojos que sentía tan suyos y que a la fecha seguían poblando cada uno de sus sueños. Se acercó a él, y antes de tomar su mano le dio un ligero beso.
—Hemos construido juntos una buena vida, ¿no crees? —le dijo él al oído.
Se miraron con complicidad y ella se apresuró a responder.
—¿Lo ves? Te dije que no había que tener miedo.        

5 comentarios:

  1. Muy hermoso,el amor existe aunque algunas veces tratemo de ocultarlo!!!!

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    1. Nena como siempre eres la primera en comentar, ya veremos más adelante como sale todo lo nuevo que escriba, gracias por el apoyo y que bien que te haya gustado.

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  2. Hola Lí,

    Me presento: Ever Ballardo Martínez. Soy de Honduras; desde aquí mi saludo para tí.

    Resta felicitarte por tu estilo literario, captas la atención y provocas emociones. El amor, tema eterno, musa imperecedera de todos los artistas.

    Me ha gustado muchisimo y te deseo que sigas escribiendo con tanto acierto.

    Hasta Luego;

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    1. Gracias por los buenos comentarios, que bien que te haya gustado.

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  3. Hola Li, soy Lourdes de El club de las escritoras, recorriendo los blogs he encontrado el tuyo. Me ha encantado tu relato y como describes.
    Un beso y te dejo el mi link por si gustas pasar.

    vulturific.blogspot.com

    Cariños.

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Gracias por pasar y comentar, espero y hayas encontrado algo de tu agrado.