sábado, 31 de marzo de 2012

Fortaleza



Hola a todos, traigo para ustedes un nuevo relato. Este ha sido un encargo especial, lo he realizado basándome en la siguiente frase: “Se estiró como un felino y comenzó a andar en la dirección que había escuchado el ruido, con la seguridad de que nada podía dañarle.”; la cual fue proporcionada por Déborah F. Muñoz, quien al igual que yo es miembro activo de Adictos a la escritura, si quieren saber más de esta talentosa escritora pueden visitar su blog escriboleeSin más les dejo el relato, esperando les guste y como siempre estoy atenta a sus comentarios.

FORTALEZA




Tania despertó temprano ese día, aquél en el que cambiaría por completo su vida. La mañana transcurrió como cualquier otra: una ducha, desayuno y la acostumbrada caminata para acudir al hospital donde trabajaba como residente. En el ajetreo del hospital las horas pasaron rápido, esa noche tenía muchos planes. Había comprado un lindo vestido para la velada y esperaba que por fin Eduardo hiciera la declaración tan esperada.
Exactamente a las seis de la tarde se encontraba de nuevo en casa y esta vez decidió darse un baño de tina para sentirse más relajada. Bajo la tenue luz que entraba por la ventana se introdujo en la bañera y estando su cuerpo sumergido en el agua, por el contrario, comenzó a sentirse tensa. Le inquietó una sensación de pesadumbre que no supo identificar que la causaba.
Salió del baño y estando en su habitación, se sentó unos instantes sobre la cama. Aún envuelta en la toalla se quedó mirando su reflejo en el espejo. Un mechón de cabello húmedo se pegaba en su cara y lo apartó de un manotazo. Se enfadó consigo misma al notar que la confianza que la había envuelto los últimos meses desde que conoció a Eduardo— se estaba disipando.  
Se dirigió una sonrisa forzada y trató de aferrarse a algo, a lo que fuera. Debía haber un poco de fortaleza en su interior, pero no encontró nada. Desde la muerte de sus padres en ese terrible accidente se sentía perdida. Abatida, se levantó y comenzó a vestirse. En un sillón junto a la ventana estaba acomodado un lindo vestido negro. Lo tomó y lo sujetó con las manos. Se imaginó la expresión de Eduardo cuando la viera. Era el vestido más atrevido que había usado en su vida. Aunque era largo, el escote de la espalda no dejaba mucho a la imaginación. Estaba segura que le gustaría.
Sujetó su cabello con horquillas color plata, las cuales hacían contraste con su cabello negro. Pensaba usar un maquillaje ligero y estaría lista para la gran noche: su noche. Entones escuchó el timbre de la puerta. Miró el reloj asustada. ¡Aún no estaba lista! ¿Acaso Eduardo habría llegado antes? Eran apenas las siete treinta y él había quedado de llegar una hora después.
«¿Quién podrá ser?»pensó.
Siempre había sido una persona solitaria. No tenía amigos, así que no era muy propensa a las visitas, al menos no en su casa. Se puso rápidamente los zapatos y bajó las escaleras que la llevaban a la planta baja. A través del cristal opaco de la puerta de entrada, se podía distinguir una silueta. Sin duda alguna era una chica, así que sin miedo abrió la puerta.
—Hola —dijo la recién llegada.
Era una chica de estatura baja, morena y delgada. Llevaba puestos unos jeans y una playera rosa bastante ajustada. Su cabello estaba sujeto en una coleta, lo que la hacía lucir más joven de lo que quizá era. Sonreía ampliamente y no parecía mucho mayor que Tania.
—Hola —respondió Tania.
—Disculpa que te moleste. Mi coche se descompuso y me he quedado sin batería en el celular —dijo mientras alzaba en la mano el aparato—. ¿Crees que podría usar tu teléfono?
 Tania echó un vistazo a la calle, parecía desierta. Observó fijamente a la chica y le pareció inofensiva. Dio un paso atrás y percibió una presencia a su espalda. Para cuando quiso reaccionar sintió un fuerte golpe en su cabeza que la tiró al suelo.
—Entra —dijo una voz en apenas un susurro.
Tania escuchó como se cerraba la puerta. Estando boca abajo, sintió en su mejilla el frío suelo.
—¿Qué hacemos? ¿La amarramos? —dijo la chica.
—No creo que sea necesario. Debe estar noqueada.
Tania reconoció la segunda voz, aunque no la había escuchado muchas veces sabía que se trataba de uno de sus vecinos. El que la miraba lascivamente cada vez que salía de su casa. El que le ponía los pelos de punta cuando le decía buenos días por las mañanas. El que ella sabía bien que la vigilaba constantemente, a pesar de que había tratado de convencerse de que sólo eran paranoias.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Pues empecemos, hay que apurarnos antes de que llegue alguien.
—Nadie va a llegar. Te he dicho que no tiene amigos. Siempre anda sola. Ni siquiera tiene perro —y agregó con desprecio: —¡Es una pobre huérfana!
Ante tal aseveración, Tania sintió como un calor recorría su cuerpo y la inundaba. De algún modo, dejó de sentir miedo.
—Yo voy arriba —dijo el hombre—. Tú revisa abajo. Ya después veremos como nos deshacemos de ella.
Por unos instantes la estancia quedó en silencio. Tania se removió. Aunque sentía un fuerte dolor en la cabeza, no estaba inconsciente. Abrió lentamente los ojos y no vio a nadie cerca. Su mirada se enfocó en una torre de metal que se encontraba en la mesa de la entrada. Con dificultad se levantó y la tomó en sus manos, y antes de avanzar se quitó los zapatos.
Con pasos lentos se dirigió a la biblioteca, en donde presumía se encontraba la chica. Recorrió con la mano la pared del pasillo que llevaba hasta allí y se quedó quieta estando casi en el umbral de la puerta. Pudo ver a la chica removiendo en los cajones del mueble ubicado detrás del escritorio. Se acercó a ella sigilosamente.
Cuando la chica se dio cuenta, sus ojos se abrieron con sorpresa, pero ahora fue ella la que cayó al suelo como si de una muñeca de trapo se tratara, totalmente inmóvil. Tania se inclinó y con una mano pudo sentirle el pulso. Un sonido la hizo ponerse en guardia de nuevo. Se estiró como un felino y comenzó a andar en la dirección que había escuchado el ruido, con la seguridad de que nada podía dañarle.
Llegó a las escaleras justo cuando su vecino se disponía a bajarlas. Se miraron fijamente y por el rostro de él cruzó una sonrisa espeluznante. Tania salió corriendo hacia la cocina, tomó un cuchillo de la encimera y abrió rápidamente la puerta de la despensa, buscó la caja de fusibles y cortó la electricidad. La casa quedó sumida en la penumbra.
—¿Dónde estás, muñeca? —escuchó que la llamaba—. Sabes bien que ahora no puedo dejarte ir, ¿verdad?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Tania, avanzaba arrastrándose por el piso de la cocina. Cuando lo vio entrar, salió a toda carrera, pero una fuerte mano la detuvo de los cabellos. Giró sobre sí misma y empezó el forcejeo hasta que de la garganta de él surgió un grito. Tania había clavado el cuchillo en una de sus piernas. Mientras se alejaba, a sus oídos llegaron los insultos que éste le dirigía.
—¡Maldita! —le gritaba una y otra vez.
Tania salió al frío de la noche sujetando en la mano el celular de la chica, del que se había apoderado cuando la derribó. Para cuando la policía llegó, dentro de su casa hallaron sólo a la chica inconsciente. Del hombre que la había atacado no quedaba nada, únicamente el rastro de sangre que él había dejado atrás. Extrañamente, a Tania no le preocupaba, de algún modo sabía que no volvería. Sólo era un vulgar ladrón.
Distinguió entre la gente curiosa que se había amontonado fuera de su casa el rostro de Eduardo. Una mueca de preocupación endurecía sus facciones. Cuando la vio corrió hacia ella y Tania supo entonces que no volvería a estar sola. Pero ante todo, sabía que pasara lo que pasara podría enfrentar cualquier cosa. Finalmente había encontrado la fortaleza que tanto buscaba.
—Llegas tarde —le dijo a Eduardo apenas se acercó y se refugió en sus brazos.
   

4 comentarios:

  1. MMM siempre me dejas on el que pasara despues y eso no se vale!!!!
    Muy bueno,un poco de suspenso!!!

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  2. Valor tiene la chica, lo más probable es que yo me largara con viento fresco.

    Un beso.

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