sábado, 31 de marzo de 2012

Fortaleza



Hola a todos, traigo para ustedes un nuevo relato. Este ha sido un encargo especial, lo he realizado basándome en la siguiente frase: “Se estiró como un felino y comenzó a andar en la dirección que había escuchado el ruido, con la seguridad de que nada podía dañarle.”; la cual fue proporcionada por Déborah F. Muñoz, quien al igual que yo es miembro activo de Adictos a la escritura, si quieren saber más de esta talentosa escritora pueden visitar su blog escriboleeSin más les dejo el relato, esperando les guste y como siempre estoy atenta a sus comentarios.

FORTALEZA




Tania despertó temprano ese día, aquél en el que cambiaría por completo su vida. La mañana transcurrió como cualquier otra: una ducha, desayuno y la acostumbrada caminata para acudir al hospital donde trabajaba como residente. En el ajetreo del hospital las horas pasaron rápido, esa noche tenía muchos planes. Había comprado un lindo vestido para la velada y esperaba que por fin Eduardo hiciera la declaración tan esperada.
Exactamente a las seis de la tarde se encontraba de nuevo en casa y esta vez decidió darse un baño de tina para sentirse más relajada. Bajo la tenue luz que entraba por la ventana se introdujo en la bañera y estando su cuerpo sumergido en el agua, por el contrario, comenzó a sentirse tensa. Le inquietó una sensación de pesadumbre que no supo identificar que la causaba.
Salió del baño y estando en su habitación, se sentó unos instantes sobre la cama. Aún envuelta en la toalla se quedó mirando su reflejo en el espejo. Un mechón de cabello húmedo se pegaba en su cara y lo apartó de un manotazo. Se enfadó consigo misma al notar que la confianza que la había envuelto los últimos meses desde que conoció a Eduardo— se estaba disipando.  
Se dirigió una sonrisa forzada y trató de aferrarse a algo, a lo que fuera. Debía haber un poco de fortaleza en su interior, pero no encontró nada. Desde la muerte de sus padres en ese terrible accidente se sentía perdida. Abatida, se levantó y comenzó a vestirse. En un sillón junto a la ventana estaba acomodado un lindo vestido negro. Lo tomó y lo sujetó con las manos. Se imaginó la expresión de Eduardo cuando la viera. Era el vestido más atrevido que había usado en su vida. Aunque era largo, el escote de la espalda no dejaba mucho a la imaginación. Estaba segura que le gustaría.
Sujetó su cabello con horquillas color plata, las cuales hacían contraste con su cabello negro. Pensaba usar un maquillaje ligero y estaría lista para la gran noche: su noche. Entones escuchó el timbre de la puerta. Miró el reloj asustada. ¡Aún no estaba lista! ¿Acaso Eduardo habría llegado antes? Eran apenas las siete treinta y él había quedado de llegar una hora después.
«¿Quién podrá ser?»pensó.
Siempre había sido una persona solitaria. No tenía amigos, así que no era muy propensa a las visitas, al menos no en su casa. Se puso rápidamente los zapatos y bajó las escaleras que la llevaban a la planta baja. A través del cristal opaco de la puerta de entrada, se podía distinguir una silueta. Sin duda alguna era una chica, así que sin miedo abrió la puerta.
—Hola —dijo la recién llegada.
Era una chica de estatura baja, morena y delgada. Llevaba puestos unos jeans y una playera rosa bastante ajustada. Su cabello estaba sujeto en una coleta, lo que la hacía lucir más joven de lo que quizá era. Sonreía ampliamente y no parecía mucho mayor que Tania.
—Hola —respondió Tania.
—Disculpa que te moleste. Mi coche se descompuso y me he quedado sin batería en el celular —dijo mientras alzaba en la mano el aparato—. ¿Crees que podría usar tu teléfono?
 Tania echó un vistazo a la calle, parecía desierta. Observó fijamente a la chica y le pareció inofensiva. Dio un paso atrás y percibió una presencia a su espalda. Para cuando quiso reaccionar sintió un fuerte golpe en su cabeza que la tiró al suelo.
—Entra —dijo una voz en apenas un susurro.
Tania escuchó como se cerraba la puerta. Estando boca abajo, sintió en su mejilla el frío suelo.
—¿Qué hacemos? ¿La amarramos? —dijo la chica.
—No creo que sea necesario. Debe estar noqueada.
Tania reconoció la segunda voz, aunque no la había escuchado muchas veces sabía que se trataba de uno de sus vecinos. El que la miraba lascivamente cada vez que salía de su casa. El que le ponía los pelos de punta cuando le decía buenos días por las mañanas. El que ella sabía bien que la vigilaba constantemente, a pesar de que había tratado de convencerse de que sólo eran paranoias.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Pues empecemos, hay que apurarnos antes de que llegue alguien.
—Nadie va a llegar. Te he dicho que no tiene amigos. Siempre anda sola. Ni siquiera tiene perro —y agregó con desprecio: —¡Es una pobre huérfana!
Ante tal aseveración, Tania sintió como un calor recorría su cuerpo y la inundaba. De algún modo, dejó de sentir miedo.
—Yo voy arriba —dijo el hombre—. Tú revisa abajo. Ya después veremos como nos deshacemos de ella.
Por unos instantes la estancia quedó en silencio. Tania se removió. Aunque sentía un fuerte dolor en la cabeza, no estaba inconsciente. Abrió lentamente los ojos y no vio a nadie cerca. Su mirada se enfocó en una torre de metal que se encontraba en la mesa de la entrada. Con dificultad se levantó y la tomó en sus manos, y antes de avanzar se quitó los zapatos.
Con pasos lentos se dirigió a la biblioteca, en donde presumía se encontraba la chica. Recorrió con la mano la pared del pasillo que llevaba hasta allí y se quedó quieta estando casi en el umbral de la puerta. Pudo ver a la chica removiendo en los cajones del mueble ubicado detrás del escritorio. Se acercó a ella sigilosamente.
Cuando la chica se dio cuenta, sus ojos se abrieron con sorpresa, pero ahora fue ella la que cayó al suelo como si de una muñeca de trapo se tratara, totalmente inmóvil. Tania se inclinó y con una mano pudo sentirle el pulso. Un sonido la hizo ponerse en guardia de nuevo. Se estiró como un felino y comenzó a andar en la dirección que había escuchado el ruido, con la seguridad de que nada podía dañarle.
Llegó a las escaleras justo cuando su vecino se disponía a bajarlas. Se miraron fijamente y por el rostro de él cruzó una sonrisa espeluznante. Tania salió corriendo hacia la cocina, tomó un cuchillo de la encimera y abrió rápidamente la puerta de la despensa, buscó la caja de fusibles y cortó la electricidad. La casa quedó sumida en la penumbra.
—¿Dónde estás, muñeca? —escuchó que la llamaba—. Sabes bien que ahora no puedo dejarte ir, ¿verdad?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Tania, avanzaba arrastrándose por el piso de la cocina. Cuando lo vio entrar, salió a toda carrera, pero una fuerte mano la detuvo de los cabellos. Giró sobre sí misma y empezó el forcejeo hasta que de la garganta de él surgió un grito. Tania había clavado el cuchillo en una de sus piernas. Mientras se alejaba, a sus oídos llegaron los insultos que éste le dirigía.
—¡Maldita! —le gritaba una y otra vez.
Tania salió al frío de la noche sujetando en la mano el celular de la chica, del que se había apoderado cuando la derribó. Para cuando la policía llegó, dentro de su casa hallaron sólo a la chica inconsciente. Del hombre que la había atacado no quedaba nada, únicamente el rastro de sangre que él había dejado atrás. Extrañamente, a Tania no le preocupaba, de algún modo sabía que no volvería. Sólo era un vulgar ladrón.
Distinguió entre la gente curiosa que se había amontonado fuera de su casa el rostro de Eduardo. Una mueca de preocupación endurecía sus facciones. Cuando la vio corrió hacia ella y Tania supo entonces que no volvería a estar sola. Pero ante todo, sabía que pasara lo que pasara podría enfrentar cualquier cosa. Finalmente había encontrado la fortaleza que tanto buscaba.
—Llegas tarde —le dijo a Eduardo apenas se acercó y se refugió en sus brazos.
   

jueves, 29 de marzo de 2012

Everblue (Capítulos 2 y 3)



“El día de hoy regreso con las publicaciones y he decidido hacerlo con este proyecto que me tiene muy entusiasmada: Everblue. Así que sin más aquí les dejo el capítulo 2 y 3 de esta historia que estoy construyendo, espero y les guste. Ya posteriormente la publicación será semanal, estén atentos a los nuevos capítulos.”



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a capítulos anteriores




CAPÍTULO 2


Por la mañana, cuando Alina despertó, la luz del día ya se filtraba por su ventana. Abrió los ojos antes de que sonara el despertador, diez minutos antes para ser exactos, se inclinó y con la mano lo apagó antes de que comenzara a sonar. Se sentía sumamente cansada, pero tenía que levantarse. De un tirón quitó las cobijas de su cama y se dispuso a tenderla. Estirándose se acercó a su armario y escogió la ropa que se pondría para ese día.

Había sol, cierto, pero eso era raro en Everblue Creek. El clima durante todo el año no era muy caluroso; además, en la temporada en que actualmente se encontraban siempre llovía, y en invierno a veces el frío se hacía insoportable. Así que no dudaba que para cuando saliera de la escuela el clima sería como todos los días y no quería que la tomara por sorpresa. Prefirió prevenir a lamentar. Sacó unos pantalones de mezclilla y un suéter de cuello alto en color gris, y de una de las esquinas del armario tomó unas botas negras. Dejó todo acomodado sobre el respaldo de la silla de su escritorio y cuando se disponía a salir de la habitación, se topó con su madre.

—Amor. ¿Ya estás levantada?

Una mujer de estatura media, apenas unos cuantos centímetros más alta que Alina, de complexión delgada, tez blanca, ojos color miel y que aparentaba mediar entre los cuarenta y cinco años de edad, asomaba por la puerta una cabeza envuelta en unos tirabuzones rojos. Llevaba puesto un pantalón de vestir y una blusa en color negro, completaba el conjunto una mascada que combinaba perfectamente con la tonalidad de su cabello. Apenas eran las seis treinta de la mañana, pero ya se encontraba perfectamente arreglada y lista para comenzar su día.

—Sí, mamá. Buenos días.

—Buenos días muñeca. ¿Qué tal dormiste? ¿Hubo pesadillas?

Lo último que Alina quería era preocupar a su madre. Lo cierto es que Dana Andrews, se asustaba con facilidad, tendía a hacer tormentas en vasos de agua. Pero así era ella, tenía un carácter sumamente dulce y su hija la adoraba por eso. Pero lo mejor era procurar no estresarla. Alina pensaba que simplemente su madre veía el mundo a través de un velo color de rosa y a veces no había de otra más que mentirle un poquito.

—¿Pesadillas? Para nada. Dormí muy bien.

—Que bueno nena. Me da gusto saberlo. Recuerda que tienes que pasar por Samuel a la escuela.

—Sí, mamá. No lo he olvidado. Estaré ahí puntual.

Samuel era el hermano pequeño de Alina: un torbellino de cabellos rubios que contaba con cinco años de edad.

—Bueno amor. Me voy a trabajar. Adelantaré todo lo posible para ayudar en lo que pueda, no quiero importunarte y que entre las clases y la librería no te quede tiempo para nada más. Tengo entendido que tienes una cita el viernes.

Alina no pudo evitar reírse. Se había olvidado por completo de la cita. La noche del viernes saldría con Derek Campbell, pero bueno, no era una novedad. Todo el mundo sabía que eran novios desde hacía casi un año, pero su madre seguía emocionándose como si nunca hubiera salido con él.

—Si mamá, gracias. Aunque no deberías preocuparte, sólo vamos a ir al cine.

—¿Cómo no me voy a preocupar? No me gustaría ser de esas madres que arruinan la vida amorosa de sus hijos. Tú estate tranquila que ya te dije que ayudaré en todo para que el viernes lo tengas libre —y diciendo esto le dio un sonoro beso y salió de la habitación.

Lo último que Alina escuchó de su madre fueron sus pasos descendiendo rápidamente las escaleras. A los pocos minutos y mientras cruzaba el pasillo para meterse al baño y darse una ducha, una voz conocida la interrumpió.

—Mentirosa. ¿No tuviste pesadillas? ¡Hasta acá puedo ver las ojeras!

Recargado de la pared y todavía en pijama, Michael Andrews, la miraba con una sonrisa. Desde esa distancia ella pudo distinguir las arrugas que rodeaban los ojos cafés de su padre, así como las canas que apenas eran perceptibles en sus cabellos rubios; sin embargo, Alina siempre había pensado que tanto las arrugas como las canas hacían que luciera más guapo e interesante, aunado al aspecto delgado y atlético que seguía conservando a pesar de sus cuarenta y seis años. A diferencia de Dana, éste último resultaba ser más consciente de las cosas que sucedían a su alrededor, era mucho más perspicaz y bien sabía Alina que si podía engañar a su madre, en definitiva no a su padre. 

—Bueno. No fueron tan malas esta vez. En serio.

—Lamento mucho que no hayas dormido bien. Me siguen preocupando tus pesadillas. Tú dime, ¿quieres que vayamos con un profesional o algo así?

—¿Te refieres a un psicólogo o algo así?  —contestó con cierto sarcasmo—. Olvídalo papá. Sólo son pesadillas.

—Bueno amor, sólo es una opción. No tienes por qué cerrarte a las posibilidades.

—Está bien. Lo pensaré.

—Bueno, ya métete a bañar que no quiero que llegues tarde, es tu primer día de clases. Además, yo también tengo que bañarme para ir a trabajar y todavía tengo que llevar a tu hermano a la escuela.

—Sí. No tardaré —alcanzó a responder en tanto cerraba la puerta del baño.

La ducha le sentó a la perfección. Cuando Alina salió se sentía como nueva. Entró a su recámara y comenzó a vestirse. Se dispuso a peinar su cabello con ayuda de la secadora, dejando que sus rizos castaños cayeran sobre su espalda. Tenía un rostro de facciones finas, la tez clara que hacía contraste con sus labios rojos y unos ojos azules enmarcados por unas largas pestañas que en ese instante le devolvieron la mirada frente al espejo. Alina se preguntó una vez más a quien había heredado el color de sus ojos, así como la tonalidad de su cabello. A veces pensaba que no se parecía en nada a sus padres.

Samuel tenía los ojos de su madre y el cabello de su padre, ella en cambio no contaba con eso. Quizás la estatura y la complexión de Dana, era delgada al igual que ella, pero fuera de eso no reconocía más similitudes. Todos en su familia a su modo eran atractivos, pero si te fijabas con mayor atención, Alina parecía desentonar, tenía una belleza distinta y mucho más notable. A pesar de eso suponía que quizás se parecía a sus abuelos o algo por el estilo. Nunca se había detenido a pensar más profundamente al respecto.

Cuando al fin salió de su habitación, su padre, ya totalmente arreglado, se dirigía a la planta baja de la casa. Era como un rayo, siempre se bañaba al último y aun así lucía impecable antes que los demás terminaran de arreglarse.

Desde pequeña, Alina había sido educada de tal modo que era ya una persona mucho más madura a lo que se pudiera esperar por su edad. Sus padres eran sumamente trabajadores, además de responsables. La familia era dueña de una librería de la que prácticamente todos se hacían cargo, aunque Alina era la que pasaba más tiempo allí. Le gustaba, era uno de sus lugares favoritos. Sentirse rodeada de libros con su inconfundible aroma la hacía sentirse como en casa. Por su parte, Michael tenía un trabajo fijo en una constructora de la pequeña ciudad de Everblue, era arquitecto; y su esposa, Dana, era la encargada de la única biblioteca de la ciudad. La afición por los libros era algo que compartía con su hija, ambas eran ávidas lectoras.

Michael y Dana se habían conocido en la universidad de Nueva York, se enamoraron perdidamente y al poco tiempo de graduarse decidieron casarse; estableciéndose en Everblue Creek años más tarde, cuando tuvieron a Alina. Esa era la historia resumida, ellos tendían a contarla con mayores detalles cada vez que tenían la oportunidad. Después de casi veinte años de casados parecían seguir estando sumamente enamorados.

Por lo que hace a Samuel su llegada fue una total sorpresa, después de varios años y cuando ya nadie lo esperaba, Dana había quedado embarazada. El anunció acarreó felicidad, aunque con algo de reservas por la edad de Dana, pero todo había salido bien. Cuando Samuel —recién nacido—  había arribado a su nueva casa, Alina que en ese entonces tenía once años, se había mostrado algo cohibida, pero cuando su padre lo puso en sus brazos quedó encantada y lo adoró desde el primer momento.

Alina comenzó a bajar las escaleras a fin de tomar algo en la cocina antes de irse a la escuela. En las paredes del pasillo que la conducían a su destino se evidenciaban momentos de felicidad de la familia Andrews: una hilera de fotografías en las que se observaban a un Michael y a una Dana más jóvenes, Alina vestida de princesa y Samuel con un disfraz del hombre araña. Alina sonrió para si mirando absorta cada fotografía, hasta que una pequeña mano que tiraba de su pantalón desvió su atención, momentos después sostenía a Samuel en brazos.

—¿Listo para ir a la escuela?

—Claro. Hoy vamos a ver una película.

—¿Ah si? ¡Que envidia! Dime, ¿qué película van a ver?

—Una de caricaturas, no sé cual.

—Bueno, al rato que nos veamos me la cuentas, ¿sí?

—Ok.

Y dicho esto Samuel cambió de brazos, a los de su padre, que al instante lo depositó en el suelo.

—¡Uy! ¡Pesas cada vez más! Vámonos ya. Despídete de tu hermana.

—Bye, Alina.

—Ven acá y dame un beso.

Alina le dio un beso a su hermano y uno a su padre, quien antes de desaparecer por la puerta le deseó un lindo día.



CAPÍTULO 3


El reloj que colgaba de la pared de la sala indicaba que faltaba un poco más de media hora para las ocho de la mañana, la hora en la que Alina entraba a la escuela. A esas horas de la mañana en su casa reinaba un silencio total. Sentada en una de las sillas que se disponían en el centro de la cocina, tomaba su desayuno: leche y un par de galletas. Con la mirada fija en la ventana observaba como el sol atravesaba las cortinas con estampados de flores que su madre había bordado. Se levantó y bebió los últimos sorbos de leche recargada de la encimera. Lavó los trastes sucios, los secó y los acomodó en la alacena. Antes de salir de la cocina apagó la cafetera  —su padre siempre olvidaba apagarla—, y se dirigió rápidamente al baño para lavarse los dientes. Cuando terminó sólo faltaban veinticinco minutos para las ocho.

No quería llegar tarde, pero todavía tenía que esperar a Elizabeth, una de sus mejores amigas, sino es que la mejor. Habían estado juntas en el jardín de infancia, una amistad adquirida gracias a un twinkie que Alina le había obsequiado a la hora del almuerzo y desde entonces se habían vuelto inseparables. Se confiaban todo y de hecho Elizabeth era la única que sabía sobre sus pesadillas. No es que no pudiera confiar en sus demás amigas, pero simplemente sentía que no la entenderían y que probablemente la tomarían por loca.

Elizabeth vivía en una de las casas cercanas a la de la familia Andrews junto con su madre, Rosalía Suárez, quien trabajaba medio tiempo en la librería de la familia de Alina y el resto se dedicaba a hornear pasteles cuya venta les ayudaba a mantenerse económicamente estables. Quizás no para llevar una vida lujosa, pero sí para vivir desahogadamente. Por lo que Alina sabía, Elizabeth no tenía padre, bueno, más bien nunca lo había conocido. Tenía entendido que había abandonado a su madre durante su embarazo y era un tema que Elizabeth no mencionaba con nadie, salvo en contadas ocasiones y únicamente con Alina.

Transcurrieron otros cinco minutos y toda vez que comenzó a sentirse impaciente, Alina decidió esperar afuera. Se puso su gabardina, tomó su mochila y salió a la calle en dirección a su automóvil. Sus padres se lo habían regalado cuando cumplió dieciséis años, apenas hace unos meses. No era nada del otro mundo, un golf vino de cuatro puertas ya de uso, pero que la llevaba a todos lados. Además, era la única de sus amigas que tenía carro, exceptuando a Susan, que viajaba en un nada despreciable BMW descapotable del año. Simplemente los Taylor tenían otras posibilidades económicas, eran una de las familias más ricas en Everblue.

Ya en su automóvil se acomodó en el asiento y prendió la calefacción. Hacía frío afuera como había previsto. Un acierto con la ropa que escogió. Cuando miró por el retrovisor no pudo evitar partirse de risa. Elizabeth, con unos tacones altos y una minifalda —que obviamente no le tapaba lo suficiente—, venía ocupada peinando su cabello lacio en una trenza. Ni siquiera traía una chamarra que la protegiera del clima, sólo una blusa de manga larga.

Elizabeth abrió la puerta del copiloto y se introdujo al auto con rapidez, inmediatamente puso las manos frente a la salida de la calefacción. Su piel morena mostraba un toque un poco pálido a causa del frío.

—Pero Liz, ¿a quién se le ocurre vestirse así con este clima?

—Ni me digas. Se supone que hay sol. Debería de hacer calor, siquiera un poco.

—Esto es Everblue, Elizabeth. ¿Dónde crees que vives? Aquí nunca hace calor, y mucho menos en la temporada en la que estamos.

Elizabeth hizo una mueca, entornando sus ojos cafés antes de responder. No le gustaba que se burlaran de ella y esa reacción de molestia provocó que Alina riera aún más.

—¿No traes alguna chamarra de repuesto?

—Claro. Siempre traigo, pero está en la cajuela. Así que tendrás que esperar a que lleguemos a la escuela. Ya vamos tarde.

—Vale. Pero apúrate porque muero de frío.

Elizabeth prendió el estéreo y fueron acompañadas en el trayecto por la música de Coldplay, una de las bandas favoritas de ambas chicas.

A esas horas de la mañana la pequeña ciudad de Everblue comenzaba a despertar, algunas tiendas permanecían cerradas, pero otras más ya estaban abiertas al público. Alina notó como algunos de lo habitantes se hallaban ya transitando las calles y otros permanecían frente a sus tiendas, limpiando las ventanas o barriendo las banquetas. Al pasar frente a la librería de la familia de Alina, distinguieron a la señora Suárez, limpiando totalmente concentrada las estanterías. Alina tocó el claxon y al voltear ella les dirigió una sonrisa y se despidió de ambas con un gesto de la mano.

La gran mayoría de los edificios que denotaban en la ciudad eran antiguos, lo que por momentos hacía pensar que se estuviera en otra época. Al fondo de la calle principal —que cruzaba toda la ciudad— se divisaba la biblioteca, el edificio más antiguo de todos: con sus gruesos muros de piedra gris, ventanas altas cuyos contornos estaban pintados de blanco y grandes portones de madera que precedían al pasillo de la entrada principal.

Para dirigirse al colegio había que cruzar el centro de la ciudad a fin de llegar a una pequeña carretera que llevaba a las afueras. A partir de ese punto, el camino que seguía estaba rodeado por árboles, como haciendo valla a aquellos que pasaban por allí, y el sol de esa mañana brindaba al panorama un toque de brillo al ya dorado de las hojas teñidas por el otoño. Pequeñas gotas de lluvia adornaban los troncos y las hojas de cada árbol como diamantes que iban resbalando y se perdían al caer al suelo húmedo. Alina disfrutó de la vista que se presentaba ante sus ojos mientras tamborileaba con los dedos el ritmo de la música que entraba por sus oídos. 

Cuando al fin arribaron al estacionamiento del Instituto Bentley High, la canción de Fix You salía de las bocinas del automóvil. Casi todos los puestos estaban ocupados y Alina tuvo que dar dos vueltas antes de encontrar uno disponible en la parte más alejada a la entrada principal.

—Ups. Quedamos un poco lejos, ¿no?  —indicó Elizabeth.

Alina la miró con el ceño fruncido mientras le lanzaba las llaves del auto.

—Saca la chamarra de la cajuela, luego me das las llaves. Nos vemos a la hora del almuerzo.

—¡Oye! Espérame.

—No puedo. Tengo Álgebra con Jonson.

Con la mochila colgada al hombro cruzó corriendo el estacionamiento, esquivando estudiantes que como ella se dirigían a clase. Cuando se encontraba ya por traspasar la puerta principal, alguien la detuvo de una de las correas que colgaban de su mochila. Al girar se encontró con la cara sonriente de su novio, Derek Campbell.

Derek lucía una chaqueta de color rojo con las mangas blancas, la figura de un tigre rugiendo se perfilaba en color amarillo en la parte de la espalda: la chaqueta característica del equipo de fútbol. Era un tipo alto y algo robusto, una cara redonda era enmarcada por un cabello rubio totalmente lacio y algo largo. Miraba a Alina a través de unas gafas oscuras, que colocadas un poco bajas apenas dejaban ver unos ojos de color verde.

Siendo Derek capitán del equipo, siempre se encontraba rodeado por su séquito particular. Mirando a su alrededor, Alina reconoció a Xander White, el novio de Elizabeth, apenas vio su melena rizada y revuelta; y a Liam Thomas, la más reciente adquisición del equipo al notar su cabello cortado a rape: el cambio de look hecho a modo de bienvenida por sus demás compañeros. Alina sintió como una mano comenzaba a rodear su cintura, mientras Xander le hacía una seña con la mano a modo de saludo y Liam apenas si se atrevía a mirarla.

—¿A dónde tan rápido muñeca? ¿No piensas darle los buenos días a tu novio?

—Derek, voy tarde. En serio, no tengo tiempo para esto.

Dicho esto, Alina notó un cambió radical en el semblante de Derek. Al instante se arrepintió de lo que había dicho y se preguntó si no había sido un poco brusca. Inmediatamente cambió el tono de su voz, haciéndolo sonar un poco aniñado.

—Lo siento amor, pero tengo clase con el Señor Jonson y ya voy algo tarde.

—¿Jonson? Ok. Siendo así no me molestaré mucho contigo  —y sonrió—. Te acompaño a tu salón. ¿En cuál te toca?

—Aula 18.

—Pues entonces vamos  —y dirigiéndose a los demás chicos agregó: —Nos vemos después.

Derek tomó a Alina de la mano y juntos entraron al colegio. Se trataba del edificio principal, en el cual se ubicaban las aulas donde los estudiantes tomaban la mayoría de sus clases. Aparte de éste último que se componía de dos plantas, estaba aquél donde se encontraban los laboratorios para las clases de química, física y biología; uno donde se ubicaban las oficinas que ocupaban los directivos y profesores; además de un gimnasio ubicado en la parte trasera de todos éstos, junto al campo de fútbol.

Al atravesar la puerta de entrada, un largo pasillo se presentó frente a ellos. Las paredes que lo formaban se encontraban cubiertas en su mayor parte por casilleros de color azul. De cada lado se podían mirar puertas entreabiertas en las que se indicaba el número de cada aula. A esa hora de la mañana los pasillos se encontraban aglomerados de chicos y chicas que trataban de aprovechar los pocos minutos que les quedaban antes de comenzar con su primera clase. Alina saludó a algunos de ellos apenas con un gesto o movimiento de cabeza, sin detenerse en ningún momento. Cuando pasaban frente a su casillero Derek preguntó:

—¿No quieres guardar tú mochila?

—No. Sabes que siempre se atasca y no quiero perder tiempo en eso.

—Ok.

Siguieron avanzando. Alina tenía su primera clase en el segundo piso. Subieron deprisa los escalones y prácticamente corrieron la corta distancia que los separaba del Aula 18. Ya en la puerta ambos se despidieron con un beso rápido y sin decir más Alina entró.

Apenas al cruzar el umbral Alina se permitió lanzar un profundo suspiro de tranquilidad al darse cuenta de que la clase todavía no comenzaba, hasta que reparó en que quedaban muy pocos lugares disponibles. Lo último que quería era sentarse hasta en frente. Era sabido por todos que el Señor Jonson se encargaba de torturar a los alumnos que se sentaban allí con un sinfín de preguntas sumamente difíciles y con el único propósito de dejarlos en ridículo frente a toda la clase.

Buscó con la mirada a Susan, tenían juntas álgebra y esperaba que ella le hubiera apartado un lugar. No sería difícil encontrarla, sólo tendría que buscar a una chica alta, rubia, sumamente guapa y con aspecto de modelo. Chicas así no pasaban desapercibidas. Logró ubicarla en una de las últimas filas, Susan le dedicó una sonrisa y le indicó que se acercara. Para la tranquilidad de Alina había un asiento disponible delante de ella. Se acercó, pero justo cuando estaba por alcanzar el lugar alguien más se le adelantó.

Un chico alto y delgado, de cabello oscuro y tez blanca, por lo que podía notarse a primera vista, se deslizó en el lugar que Alina quería ocupar antes de que pudiera impedirlo. Lucía unas gafas oscuras que cubrían sus ojos por completo y que ayudaban un poco a quitar de su rostro un cabello ondulado y de aspecto desaliñado. Alina, recordando a Derek, no pudo dejar de pensar con cierto fastidio en que demonios se traían los chicos con las gafas ese día, apenas si había un poco de sol, por lo que no las consideraba necesarias. Se acercó a él y tocó con su mano uno de sus hombros.

—Disculpa, estás en mi lugar.

El chico volteó en dirección a Alina y a pesar de las gafas, se percató como la escudriñaba con la mirada. No lo había visto nunca y prácticamente conocía a todos los estudiantes de Bentley High. Obviamente no era de Everblue.

—¿Cuál es tu nombre?

—¿Perdón? —respondió Alina.

—Sí. Tu nombre. ¿Cómo te llamas? Porque tienes un nombre, ¿no?

A Alina no le gustó nada el tono de la pregunta, pero a pesar de eso respondió.

—Alina.

—Alina, ¿qué?

—Andrews.

—Bien, entonces déjame ver  —y dicho esto comenzó a revisar el pupitre. Incluso se inclinó para ver el respaldo. Terminada la inspección, miró a Alina nuevamente.

—Que mal. No pude encontrar tu nombre en ninguna parte. Creo que te confundiste. Este no es tu lugar  —y sonrió burlonamente.

Alina sintió como un calor recorría su cuerpo e incendiaba sus mejillas. Muy pocas personas la hacían enojar.

¿Pero que se cree este tipo?, pensó.

A punto de replicar y esperando en quizás conseguir una disculpa fue interrumpida por la voz del Señor Jonson.

—Señorita Andrews, ¿acaso piensa permanecer de pie durante toda la clase?

Se giró sorprendida.

—No, Señor Jonson.

—Bien. Pues entonces tome asiento  —y el profesor señaló uno de los de la fila de enfrente. Justo delante de su escritorio.

Alina dirigió una mirada de derrota a Susan, la cual se encogió de hombros y le dedicó una tímida sonrisa.

—Nos ahorraremos las penosas presentaciones del primer día, creo que todos nos conocemos bien y dado que ya no hay nadie de pie podemos dar comienzo…  —continuó el Señor Jonson, pero en ese instante hizo una pausa, cortando la frase que estaba por decir.

Todos los presentes enfocaron su mirada a donde la dirigía el profesor. Observaba fijamente al chico de las gafas.

—Ahora que lo recuerdo, tenemos un estudiante nuevo. Quizás de donde viene le permitían usar gafas en clase, pero aquí no  —y consultando la lista de alumnos que tenía en la mano añadió:  —Me haría el favor de quitarse las gafas Señor… Daniel Davis.

—Preferiría no hacerlo —respondió el aludido.

El aula se llenó de murmullos.

—¡Silencio!  —ordenó el profesor—. Señor Davis, no le estoy preguntando si quiere o no quiere hacerlo.

—En ese caso…

Daniel se quitó las gafas y al instante se escucharon exclamaciones de sorpresa.

—¿Qué le pasó Señor Davis? ¿Alguna  represalia de su madre por no portarse bien?  —inquirió el Señor Jonson en tono de burla.

Algunos chicos soltaron una que otra risa, pero Daniel no replicó. Alina vio que tenía un cardenal en el ojo derecho que le llegaba hasta la parte central de la mejilla. Había estado frente a él y ni siquiera se había percatado de eso, pero lo que llamó más su atención fue la expresión que mostró Daniel cuando el Señor Jonson mencionó a su madre. Se notaba sumamente enfadado. En lo que Alina lo observaba el Señor Jonson retomó la clase.

—Bueno. Creo que ahora sí podemos iniciar con el tema de hoy. Saquen sus libros.

Los demás atendieron la indicación y la clase siguió hasta su conclusión sin mayores incidentes. Sonó el timbre y Alina dirigió una última mirada a Daniel mientras lo veía salir por la puerta.